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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (61)


 

 

SEXAGÉSIMA EMOCIÓN


Las apariencias de tiempo y espacio parecen, como corresponde a la propia definición de apariencia, que hayan sido nuestras coordenadas. Escribo apariencias porque las últimas hipótesis de la física parecían a su vez desmentir que esas fueran nuestras coordenadas reales (y seguiremos pendientes de definir lo que pudiera ser la realidad, sobre todo tras los últimos acontecimientos). Pero la apariencia del mundo, de nuestra forma de vivir en él, de sentirlo y pensarlo, era nuestra casa y es razonablemente dudoso que podamos superar lo que quizá era una de nuestras principales limitaciones, las que daban forma a nuestra vida y nos hacían intervenir en el mundo, o lo que hoy es soportarlo.
 
 
El espacio en que vivimos nos supera si miramos hacia el cielo o soñamos con el macizo que nos sostiene. Quisiéramos aquilatarlo, quisiéramos que tuviera unas medidas asumibles por nuestras capacidades, esas que deseamos infinitas y sabemos torpes. Jugamos a dominar el espacio, a admirarlo, a reducirlo y agrandarlo, todo para que no sea lo que es, inabarcable e indefinible. La concreción de ese sueño y el homenaje a nuestra limitada capacidad vital e inventiva se denomina arquitectura.
 
 
Hace decenas de miles de años convertimos en espacio propio, gracias a unos colores ordenados en paredes rocosas, los espacios naturales que eran las cuevas. Las artes de la apariencia, la pintura y la escultura, nacieron antes que el arte de la acotación del espacio, la arquitectura. Quizá quiera esto informarnos de que, dejando aparte la indemostrada pero posible invención de la primera de las artes en el tiempo, la música o su práctica, la danza, lo que hemos considerado artes plásticas desde antiguo han sido coronadas con la invención del arte que nos acoge por dentro y por fuera, individualmente, en grupo y en conjunto, la arquitectura.
 
 
Tras salir de las cuevas, la cabaña comenzó a proteger la seguridad e intimidad del grupo cuando el individuo aún no existía. ¿Era aquello arquitectura o pura técnica defensiva? No hay respuesta a una pregunta que está hecha desde nuestro actual saber y entender, que ya no es el de nuestros ancestros con su sabiduría simbólica y su enfoque de una supervivencia que no había inventado aún el yo. Y esa forma simbólica de apreciar y comprender el mundo junto a la aspiración de acotarlo y hacerlo nuestro llevó a la creación de la que es seguro se puede llamar arquitectura: los espacios comunales acotados por muros y huecos que servían para que, con referencia a los dioses o a las necesidades humanas, se unieran en torno a ellos o en su interior los abuelos de quienes llegamos a ser ciudadanos. Templos, plazas, ágoras, foros, edificios para espectáculos y un sinfín de etcéteras nos acogen y reglamentan la anarquía de vivir unidos desde hace milenios.
 
 
Hoy la desunión, el azar de la vida sin fin y el horizonte injustificado hacen que definir un espacio sea una tarea que incluso podría llegar a ser innoble.

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