DOCE
Este año se cumplen cuarenta de haber salido definitivamente de casa de mis padres; han transcurrido cuatro décadas desde el inicio de mi independencia real y completa (ya era independiente vocacional desde unos años antes) y de inaugurar la primera casa en la que viví, la primera lejos del lugar de mi nacimiento y de la forma de vida que había conocido hasta ese momento, la primera de las doce en que he vivido desde entonces.
Doce casas pueden parecer muchas (sobre todo si recuerdo que mi padre había vivido en tres en toda su vida, contando con la de sus padres, y mi madre en cuatro, una más que él debido al exilio forzoso de sus padres durante la Guerra Civil), pero ese número no se corresponde en absoluto con mi tendencia poco clara a la estabilidad, aunque sí pueda responder a mi búsqueda constante del cumplimiento de un anhelo vital alejado de la supervivencia, a una búsqueda de horizontes que no fueran solo los de la rutina.
En todas ellas (algunas han sido mi residencia tan solo unos meses y otras han sido compatibles entre sí, han habitado mi vida al unísono), incluso en las que utilicé de paso entre largas estancias en otras, más acordes con mis deseos y con los de quienes compartían ese espacio y lo dotaban de un sentido más intenso que el de mi soledad. En todas, decía, he vivido plenamente y he habitado intensamente el lugar que se me ofrecía, compartido con la mujer de mi vida muchas veces, y en soledad algunas otras, una soledad que incluso en ocasiones deseó huir de quien más quería.
Unas han sido de alquiler, otras fueron compradas y más tarde vendidas, y este inútil que soy yo supo y pudo manejar los dinerales que siempre cuestan las casas, aunque él siempre las haya buscado adaptadas a la justeza de sus ganancias pero, sobre todo, dignas, dueñas de algún toque especial que las alejara de lo puramente práctico, de lo que nada aporta en una vida que se sabe corriente y se quiere extraordinaria.
Todos los espacios habitados por mí y repartidos por varios lugares del mundo y de este país en el que vivo desde siempre, el que creo que acogerá mi desaparición, son, fueron y serán hogares, un fundamento de vida y un estuche en el que la construcción de un alma posible tuvo y tiene, precisamente, posibilidad.

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