Ir al contenido principal

EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (43)


  

 

CUADRAGÉSIMO SEGUNDA EMOCIÓN


Quiero aclararte que en el colegio de las chicas las clases a las que yo asistía eran solo de chicos, quizá por esa hoy extraña circunstancia no me causó ninguna sorpresa, o sería mejor decir que no me inquietó, el cambio al nuevo colegio, el salto desde lo que se convirtió, por comparación, en el pequeño colegio respecto del gran colegio de los chicos.
 
 
Los dos cursos escolares que pasé en el colegio de las chicas fueron muy diferentes uno del otro. En el primero me acompañó la dulzura inolvidable de la monja maestra. En el segundo, lo hizo la aparente severidad de otra monja que no dañaba nuestra pequeñez.
 
 
Y por detrás, siempre, la anciana bruja a la que todos temíamos y de la que nos burlábamos en secreto para poder sobrevivirla.
 
 
La bruja aparecía a menudo en el pasillo de las tres clases de los chicos y todos la temíamos. Su pequeñez no disminuía el miedo que provocaba en nosotros. Su voz cascada de anciana siempre decía algo que permanecía amenazante en el aire. Las arrugas de sus manos parecían estar llenas de pellizcos dolorosos. Su andar quedo semejaba el eco del terror.
 
 
La bruja era el símbolo, la representación, de la inexistencia de los derechos humanos en aquel momento, en aquel lugar; era un fantasma de bruja que se podía tocar, escuchar y temer en la cotidianidad, era la desgracia hecha persona, o zombi. Todavía no conocíamos los zombis y ella lo era, un muerto viviente con vocación de vampiro.
 
 
Si faltaba alguna vez o en algún momento la maestra monja, ella se encargaba de la clase y sus malas artes afloraban entonces en su perfección demoniaca. El niño que no se había comportado como debía era conducido a una clase de chicas, para su escarnio ¡con una bolsa de naranjas en la cabeza tapando su cara!
No me gusta recrearme en las anécdotas del terror porque su realidad inapelable no muestra la marca indigna que permanecía en el niño afectado y en nosotros, sus compañeros, escarnecidos con él ante la posibilidad de que ese descenso a los infiernos pudiera ocurrirle a cualquiera de nosotros.
 
 
En una ocasión (¿se puede llamar ocasión a un momento cualquiera de ese fluir poco fluido que era acudir al colegio y permanecer sentado durante horas escuchando?) mi tripa se llenó de lo que exigía salir afuera. Recuerdo con toda nitidez aquellas ganas surgidas casi de golpe y que no me llevaron, con una naturalidad que debía estar en el ambiente, a levantar la mano y pedir salir para poder hacer lo que mi interior reclamaba. Me lo hice encima... y no dije nada. Un niño atento a todo lo que no fuera lo que la monja decía dijo, señalándome y en voz bien alta: “se ha cagado".
 
 
Todavía hoy estoy a veces escondido obligadamente y avergonzado gratuitamente, como lo estuve tras la puerta de aquellos baños en los que me escondió una monja de la que nada recuerdo salvo su actitud seca conmigo favoreciendo el hundimiento de mi dignidad, una puerta de madera azul de cuarterones que todavía se me aparece pegada a mi nariz como estaba entonces en un tiempo infinito que desapareció al ver asomar la cara de mi madre que venía a recogerme con una preocupación muy moderada y una naturalidad que encontré, y continúo encontrando, exquisita.
 
 
Ella traía la ropa necesaria, me limpió con diligencia y rapidez y me llevó a casa sin comentar nada que pudiera ser hiriente (seguramente mi cara era terriblemente expresiva).
 
 
Y, sorprendentemente, aquello no tuvo consecuencias. El día siguiente fue un día más en el colegio y no hubo ninguna recreación por parte de mis compañeros. El rencor, que en tantas otras ocasiones amaneció a mi alrededor, no asomó su perfil y yo pude continuar mi vida allí, en aquella clase que era buena parte de la realidad que yo vivía sin que lo sucedido permaneciera en el aire, o en la piel de sus testigos. 
 
 
Querida madre, ese es el emblema de tus aciertos y de tu cariño, tan natural como esa piel tuya que guardo en mi recuerdo, suave y agradable, como tus manos, como ese cariño que yo percibí en ti hacia mí siempre, aunque no comprendieras muchas veces, andando el tiempo y mi crecimiento, lo que yo hacía o decía, aunque no cumpliera tus expectativas de niño bueno que se convirtió en adolescente que se creía alternativo. Tengo que darte siempre las gracias por tu alegría.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Y MEDIO...

    Comenzaré sin más preámbulos diciendo que he vuelto a ver 8½ (Otto e mezzo), dirigida por Federico Fellini en 1963, y que puedo afirmar sin rubor que se ha quedado vieja.   Si el amable lector desea continuar leyendo descubrirá lo que contiene una afirmación como esa en estos tiempos y lugares que nos recorren sin horizonte, en una planicie confusa llena de montículos virtuales que no resultan atractivos para ser escalados.   La gran película de Fellini se ha quedado vieja como lo está, por poner un ejemplo señero, la obra de Caravaggio, con una presencia tan fulgurante y potente que el tiempo y el cambio transcurridos desde su creación, la de Caravaggio y la de Fellini, no permiten digerir como obras que afirman y transgreden sus propios momentos y convocan un clasicismo que no buscaron.   Hay obras, como las que estoy, precisamente, convocando aquí, que nos permiten afirmar que el progreso es solo una entelequia interesada, una falacia que pretende enfren...

MELANCOLÍA

Uno ha disfrutado y estudiado en imágenes las obras de la Antigua Grecia antes de verlas en directo, y esa es una experiencia que le reserva algunas sorpresas, entre ellas aparece la representación de sensaciones que no esperaba, unas más comprensibles que otras, y una de las más comprensibles e inesperadas es la representación de la melancolía en una faceta serena que sorprende y atrae mucho al contemplador que intenta vivir aquellas obras como si fueran algo suyo. Clasicismo, democracia, filosofía, convivencia, origen, ciencia, historia… son algunas de las palabras que con toda naturalidad se aparecen en la mente de quien recrea la Grecia Antigua, pero melancolía… No, no es lo que uno espera aplicar a aquella cultura desaparecida aunque muy viva hoy en los entresijos de los orígenes de nuestro estar en el mundo. Pero, claro, cuando se califica una civilización desaparecida se olvida fácilmente que, en ella, como en todas las civilizaciones y culturas, como en cualquier tiempo ...

CAMINO DEL FIN DEL MUNDO

Camino del desierto marroquí, desde Marrakech, uno espera encontrar cómo el paisaje se va volviendo más seco, más inhabitable, menos verde, más duro. Pero viajar consiste en asumir sorpresas constantes y, una vez más, ese camino no es lo que uno espera aunque sí algo que quizá hubiera deseado. La tremenda presencia de los cercanos montes del Atlas alimentan caudalosos ríos que dan vida a múltiples valles y poblaciones llenos de bullicio y actividad humana que, desde hace milenios, han convertido aquella región en un lugar que transforma la dureza en vida. El camino hacia lo que uno pensaba que sería la nada es un todo atractivo, único, pleno e inolvidable.