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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (48)



 

                                            CUADRAGÉSIMO SÉPTIMA EMOCIÓN

 
 
Hoy sé que se ha hecho tarde, que la vida que quise vivir fue vivida y no alcanzada, y que el hoy me impide plantearme alcanzara o recrearla de nuevo.
 
 
Miro a mi alrededor en este momento, en la terraza de un café hoy gris que tuvo color, colores de vida y circunstancia; escribo sobre la mesa redonda que ya no espera ser manchada por lo que allí se pide, por las consumiciones que fueron anhelos sencillos o traducciones de grandes anhelos que movían la vida de cada quien, que encuadraban encuentros y desencuentros, que pausaban las rutinas o hacían rutinarias las pausas.
 
 
Un lugar para el que no se pensó el silencio que ahora me rodea, el que permite escuchar, entre el ruido del viento, el susurro del bolígrafo que delinea estas palabras.
 
 
Miro cuando llego a un pueblo, o a una ciudad, miro mientras lo atravieso o deambulo por sus calles. Veo lo que hoy es y me parece ver lo que fue. Contemplo el iniciarse de la ruina que creo nunca dejará de crecer. Me siento invadido por el vacío de las casas, las calles, los bancos, los comercios…
 
 
Ahora mismo estoy junto a un cruce de dos calles que fueron importantes, anchas y rodeadas de edificios elegantes de cuatro o cinco pisos construidos hace más de un siglo. ¿Elegantes? Una categoría que hoy ha perdido su sentido si es que en algún momento lo tuvo.
 
 
La elegancia, la sencillez, el donaire, la atracción… Tantas categorías que se han perdido en nuestro camino sin fin. Categorías que, cuando formábamos, a nuestro pesar o con alegría y tesón, una sociedad o un conjunto de sociedades, se vivían como posibilidades ajustadas a la realidad.
 
 
Quizá lo posible es hoy lo menos posible que tenemos ahora.

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