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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (5)


 

 

 CUARTA EMOCIÓN


Son cuatro escalones. Sé contarlos aunque no haya ido nunca a clase todavía, al igual que sé leer gracias a mi hermano mayor. No recuerdo cómo es que sé contar. Hay una fila de niños en la que me encuentro, todos llevamos uniforme. Hemos traspasado la puerta de metal tras la que se han quedado los padres, una puerta que no es de hierro forjado ni termina en arco, es mucho más grande, lisa y fea. Sé que en un momento dado me quedo en uno de los que para mí son altos escalones porque la fila detiene su peregrinar hacia lo desconocido. Una monja en blanco y negro nos conduce hacia lo que luego sabré que es la tercera puerta a la derecha, la clase de los pequeños, la que se encuentra enfrente del agujero negro que, a nivel del suelo, parecía querer tragarme antes de que yo entrara en la clase. Encuentro que ese espacio, que será mío durante los próximos meses, es enorme y, al mismo tiempo, no recuerdo los ruidos que seguro hacíamos entre todos, aunque sí recuerdo, con una precisión que hoy me parece imposible, la perfección en la que yo me sentía inmerso. Se estaba cumpliendo lo que debía suceder, lo que yo, sin más consideraciones, no conocía lo que era, pero era lo que tenía que ser. Algunos de aquellos niños serían compañeros míos durante los próximos diez años. Eso es algo que supe después porque, claro, en mi mente, no había una concepción del tiempo y la evolución que pudiera ni soñar en algo que se asemejara a aquella eternidad temporal: diez años de colegio que ahora sé fueron toda una vida. El tiempo nunca se detuvo y yo no dejé de ser en cada momento quien soy hoy con otros colores, algunos perdidos y otros ganados en la impureza de su mezcla o en su superposición en veladuras que dejan traspasar colores que se transforman en otros al ir cubriendo unos con otros. Qué bueno es haber vivido para poder concluir que aquello ya era yo y que yo no es nada.
 
 
No sé más de aquel día. La madre Clara, tan dulce, se presentaría en ese momento, pero yo la recuerdo en días sucesivos, no en una primera impresión que seguro que se produjo, pero que está velada por el lugar, la fila de niños, lo que sentí, lo que hoy llamaría tensión y que era una emoción que ya no poseo, que ya no puedo ejercer porque corresponde a un anhelo sin la pertinencia de la muerte, a un momento de perfección en la que dejé de creer hace tiempo, pero que entonces existía. Los límites estaban desdibujados, los límites que tanto he llegado a amar a lo largo de mi vida. Los límites se podían tocar y no tenían cuerpo entonces, eran ángeles encarnados en la continua novedad de la existencia. La vida real en un niño no incluye la novedad, esta solo aparece después. Es una añagaza de la memoria, como tantas otras, el incluir la novedad como fuente de vida en la infancia. Lo que llamamos novedad más tarde es la continuidad de la vida anhelada por la persona que, con suerte, será ese niño.
 
 
Los días pasaron, seguramente iguales unos a otros. Hoy no lo sé. Las estaciones se sucederían allí dentro como lo hacían fuera y yo no las recuerdo, no siento ahora en el niño aquel que fui ni en el recuerdo sus alteraciones, sus afectaciones, solo hay en mí hoy un bloque de memoria que corresponde a aquel primer año en el que día tras día, mañana y tarde, salvo la tarde de los miércoles y con el añadido de la mañana del sábado, pasé horas y horas que para mí no eran tiempo escuchando a la madre Clara. No sé nada de lo que nos contaba, solo recuerdo su voz dulce y sobre todo su cara rosada y aprisionada por la toca, la montura clara de sus gafas y su amabilidad constante, su permanente sonrisa, sobre todo en sus ojos mansos, La recuerdo cerca de la tarima en su altura de mujer joven, aunque la recuerdo a nuestra altura, la de niños asombrados, un poco temerosos y algo inquietos. Veo su rostro cerca del mío y su imagen amable cerca de la pizarra contándonos quién sabe hoy el qué. Ni siquiera recuerdo si la religión era el centro de todo aquello que ella nos transmitía y de lo que hoy no soy consciente que nada se contenga en mí, salvo su dulzura y su cercanía de mujer joven entregada a nosotros, como si hubiera nacido solo para hacerse cargo de aquella numerosa clase, como si su antes y su después no existieran ni fueran a existir nunca. Una magia la suya que no olvido, que seguramente ha hecho que aprecie más tarde la actitud de tantos y tantos profesores que tuve más que los sistemas educativos en que se encuadraban.
 
 
 

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