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EL LIBRO DE LAS EMOCIONES (6)


 

 

QUINTA EMOCIÓN


El recuerdo buscado, como estoy haciendo ahora, Raúl, no sé si se acerca más a la falsa autenticidad de la memoria que el recuerdo que aparece sin pretenderlo, quizá más auténtico, aunque más alejado de la viva ambigüedad de la propia memoria. No tengo que escarbar demasiado en mí para que aflore y su construcción es automática, como si fuera una tienda de campaña plegada en la que, gracias a un mecanismo desconocido, se aprieta un botón y se despliega sola quedando perfectamente desarrollada de forma sorprendente, sin ningún esfuerzo. Así parecen residir en mí estos recuerdos hoy antiguos y llenos de vida a los que accedo sin premura, sin esforzarme nada, como partes de piel que recuperara tras una quemadura, la de la vida que transcurrió desde que sucedieron aquellos hechos o, mejor dicho, las sensaciones que hoy recupero para ti, Raúl.
 
 
Los hechos no vuelven, solo existen en presente. El presente de la sensación recordada es una transfiguración de restos que se unen a nosotros, como en simbiosis de vida necesaria, la simbiosis que permite que lo recordado y el que recuerda vivan, no mueran de inanición y falta de luz, la luz que proviene del pasado y se hace presente, la luz que ilumina el pasado para soportar la sombra del presente. Cuánto futuro se encuentra en el actualizarse de la memoria. Seguramente todo el que es posible, aquel que dejará de serlo si no hay muerte y se hará presente para permitir que continúe existiendo el futuro, ese invento que no te incluye, querido Raúl, recuerdo inventado, pero que de alguna forma que no corresponde a ningún parámetro conocido, se encontraba allí, en la clase de la hermana Clara, en los cuatro escalones que permitían acceder al pasillo que me conducía hacia la vida social, hacia el futuro que no existió y hacia el que, para mi sorpresa actual, es el pasado que hoy recreo de esta forma que tú me permites, tú, mi querido niño inexistente, tú, el no recuerdo que convoco para poder escarbar en la memoria, para hacer saltar el recuerdo con su automatismo que me permite vivir un poco más en este tiempo lento y acelerado en que consiste la última madurez, un conjunto de islas de juventud perdidas en el mar avejentado. Las recorro y las desgasto gracias a tu mano, Raúl, a esa mano de ángel no muerto que ahora me está dando la vida y la posibilidad de la palabra, como si fueras el pequeño maestro de mi decadencia, el niño de coro a punto de perder ese timbre único cuya existencia y duración es limitada.
 
 
Y ahora plasmo aquí la gran duda que me acompaña y me acompañará durante todo el tiempo del recordar, del escribir, estas memorias. ¿En cada momento que recuerdo y recreo lo recordado estoy trayendo a mi memoria el mismo recuerdo o el presente de cada momento en que recuerdo cambia lo recordado? Seguro que tú, Raúl, tienes la respuesta, incomprensible para mí desde nuestros diferentes mundos. Quisiera que me aclararas con tu potencia de no haber nacido, si cada recuerdo es diferente según el momento en que lo despabile, lo despierte, de la misma forma que es diferente sacar del sueño a alguien querido al iniciarse el día o en cualquier otro momento del mismo día. Por la mañana la noche ha terminado y se convoca a la persona querida a renacer. Pero en la tarde o a lo largo de la noche no se la convoca a nada, solo se le recuerda que la vida sigue, como si le debiera algo, como si no debiera perder los momentos de la vida que pasa, la propia vida que se escapa irremediablemente y que convoca continuamente al presente mientras acumula pasado sin poder evitarlo, aunque quisiera conseguirlo.

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