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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (LXII)


 

 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)



***

 

Ayer terminaba hablando de Damián cuando yo lo que quería, y para lo que me estoy grabando, es hablar de Daniel. Quizá mi secreta intención es que algún día Lucía escuche esto, cuando su memoria pueda soportarlo, cuando su fina sensibilidad no esté tan dolida como está ahora, cuando pueda volver a oír hablar de Daniel fuera de esa voz interior que seguro no deja de hacerlo en todo momento. Mi niña, cuánto sufres y qué poco puedo ayudarte, salvo estar contigo cuando me dejas, salvo estar siempre disponible por si deseas hablar, caminar con alguien, con tu madre, con esta persona un poco contradictoria y seca que no para de tenerte en la cabeza y en el corazón.
 
 
Me estoy desviando, tengo que organizarme para que esta grabación tenga algún sentido, para que yo pueda descargar todo lo que se me acumula y deseo no olvidar, pero sí ser capaz de cargar con ello. He cargado con tantas cosas gratuitamente a lo largo de la vida que ya no lo voy a hacer. Esta es la prueba, este hablarme a mí misma que quizá pueda ser hablar a otro en diferido, como tú, Daniel, hacías con tus escritos ocultos o casi secretos.
 
 
No sé si referirme a ti, Daniel, como si hablara contigo o hablar de ti como si no estuvieras, como de hecho no estás. Llegaste a mi vida cuando yo estaba acabando mi vida activa, cuando pensaba que Lucía, tras terminar con aquel que no quiero nombrar, se iba a quedar de nuevo conmigo de una forma nueva, no como la hija que cuida a su madre, ¡qué horror!, yo sé cuidar de mí misma aunque no pueda pensar en nada mejor que tenerla cerca y poder comentar cualquier cosa con ella o desear acompañarla a todo lo que le apeteciera. 
 
 
Cuando estábamos acomodadas en nuestras soledades compartidas, viviendo en esta enorme casa fruto de las andanzas de Damián y mías (quizá en otro momento hable de ellas), soñando juntas y por separado con nuestras vidas y nuestra vida en común (creo que yo más que ella) apareciste tú, Daniel. Cuando te conocí ya llevabas unos meses que me escamoteabas a Lucía, y yo feliz porque la veía diferente o más ella misma que nunca, incluso más que cuando estaba conmigo o se enfrentaba a mí con esa forma dulce y severa en que se producen sus enfrentamientos desde que era niña, o desde que, pasados los primeros años tras su adopción, aunque todavía niña, se convirtió en la hija auténtica desde su punto de vista, que quiere y critica a los padres, que detesta y adora su entorno, como todos los hijos queridos e integrados en este fluir de sociedad que llaman desarrollada, tan decadente y estimulante para un niño que observa que todo le espera gracias al simple hecho de existir. Pero sé que Lucía nunca ha olvidado sus orígenes, esos que se ven en el tostado de su piel y en sus ojos oscuros de mirada directa que parecen convocar un sol lejano y una calidez familiar muy diferente al calor tórrido, un poco como de calefacción, que sé que encontró entre nosotros. De qué forma miraba los inviernos sus primeros años aquí y cómo echaba de menos el río. Decía “¿nos bañamos?”, y se veía en su forma de preguntarlo, en su disposición a salir de inmediato, que esperaba ver y sentir, allí mismo, muy cerca de nuestra casa, el gran río junto al que había nacido y que casi se veía desde cualquier lugar cercano a su casita, la de sus orígenes. Yo le hubiera regalado un río en aquellos momentos, pero no estaba a mi alcance ni al de Damián. Bueno, como no está al alcance de nadie, claro. Y Damián le explicaba, con lo mejor de su racionalidad cariñosa, cómo un río podía estar cerca o no, cómo es que existían ríos grandes y pequeños, cómo aquí podía bañarse en piscinas y cómo podíamos ir al mar de vacaciones.
 
 
El mar no le cabía en la cabeza a Lucía antes de que fuéramos un verano con ella a la playa. Se notaba en el brillo nublado de sus ojos que cuando hablábamos del mar, de su inmensidad y sus olas, del límite que suponía respecto a la tierra, ella estaba pensando en su río, no conocía nada más inmenso, cotidiano y atractivo que aquel río inimaginable para nosotros desde aquí, una presencia que a mí también me marcó cuando lo conocí, en el mismo viaje en el que conocí a Lucía, y comprendí que aquellas enormes aguas que lamían su barrio aunque lo separaran de él las feas fábricas, se vendrían con nosotros gracias a ella.
 
 
(Continuará)

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