Ir al contenido principal

PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (LXV)


 

 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)



***

 

Y ya me estás llevando tú, el recordarte ahora, a terrenos que no toco no sé si por principio o por miedo. Es como me encontraba diciéndote cosas en nuestras conversaciones que nunca había dicho a nadie, aunque quizá sí que las había pensado. Pero es que mi mente no es como la tuya. Tú siempre sabías cuándo habías pensado algo y lo materializabas en palabras, lo reducías a la palabra según tú, o cuándo, al expresarte, se producía pensamiento. Palabra que conducía al pensamiento, que lo creaba, según tus propias palabras. Me sentía filósofa a veces hablando contigo, una filósofa sentimental, no me engaño, y una filósofa llena de vida al poder hacer fluir mis inconexas palabras entre tus propuestas, entre tus preguntas. ¿Quién te enseñó a ti, el gran tímido según decías y Lucía corroboraba, a preguntar de esa forma tan directa y tan dulce que me producía el arrebato inmediato de contestarte a mi forma, regalándote alguna pequeña historieta de mi vida pasada que tú parecías beberte con pasión mirándome con los ojos entrecerrados a veces, como si gracias a esa actitud pudieras recoger mejor lo que aquello significaba para ti o para el mundo? ¿Cómo te podían interesar mis anécdotas infantiles del pueblo, aquello que sé que te conté más de una vez del miedo que me producía el estrecharse de la calle justo antes de llegar a la iglesia desde la plaza? Y parecías sentirte aliviado, como la niña que yo fui, cuando traspasado aquel estrechamiento se abría un poco la calle y se podía ver la severa torre de la iglesia que siempre, quizá por aquella experiencia, significó y significa la paz para mí. No tenías más que añadir, solo escuchabas. Ese no era tu mundo, pero empezaba a serlo cuando había salido de mí, cuando te lo había entregado, aunque nunca lo gocé como hoy lo gozo porque mi mente no para y quisiera a veces apagarla como una bombilla. Hoy lo gozo porque no estás delante y tu presencia recordada me sirve de apoyo para detenerme, para detener mi mente, esa que parecía interesarte tanto que me dabas consejos para relajarme, para no sufrir. En tus consejos estaba todo tu cariño, un cariño nada evidenciado en gestos y generosidades superfluas sino constatable en tu interés permanente por mis cosas, algo que hoy me consuela por seguir viva. Es normal que lo esté, no soy tan mayor, pero me pesa un poco la vida. He aprendido a sacar conclusiones gracias a ti. No me paraba a hacerlo o era incapaz, y hoy, con este aparato encendido parece que puedo ser en algo tú, Daniel, y eso me da paz en mi locura, tan cuerda como inestable.
 
 
Acabo de volver a escuchar mis últimas palabras y reconozco mi voz y mi forma de hablar, pero digo cosas que yo no llevaba dentro antes de conocerte y quizá ni siquiera mientras te tuve cerca. Palabras que nacen ahora, cuando hablo de ti y para ti. Has conseguido que éste dirigirme a ti sea hablar conmigo.
 
 
Lucía, sé que no me lo trajiste, que era un regalo que te hacías, que Daniel era para ti, pero permíteme, ya que tú no vas a escuchar estas palabras, al menos no hasta que pase mucho tiempo, que te lo agradezca como si me lo hubieras regalado a mí. Esto no se lo puede permitir una madre, lo sé, pero yo me lo puedo permitir sin decírtelo ahora que no me oyes y ahora que estoy auténticamente conmigo misma gracias a Daniel, como si este aparato que nunca usé y que tanto te agradecí (el primer regalo que me hiciste después de las conversaciones contigo, a los pocos meses de haber mantenido la primera) tuviera sentido solo ahora, ahora, en un ahora que me da fuerzas para vivir el poco futuro que me queda, un poco triste no por corto sino porque no me parece muy constructivo con todo lo que llevo detrás, con esta hija también triste que me queda y sin la presencia de Damián. Una presencia que deseé y añoré, que rechacé y que ahora echo de menos, sé que sin ningún fundamento, solo con el fundamento del irse, de tener una mano a la que agarrarse mientras una abandona el lugar de sus querencias. Me apetece hablar de él, de Damián, del hombre con el que hice y deshice la vida. Del hombre que me quiso y me abandonó sin decírmelo. Claro, para él no era abandono el liarse con aquella mujer, aquella compañera severa que lo adoraba en silencio y a la que llegué a aborrecer, cuando lo supe, más que a él, seguramente por no aborrecer tanto a Damián, el hombre en quien deposité mi amor juvenil e intenso, el hombre al que auténticamente amé y odié. El hombre al que obligué se fuera de nuestra casa, la que habíamos construido entre los dos y que tú, Daniel, decías que tanto te gustaba. La casa que se me echó encima cuando no tuve a Damián, la casa que quizá me obligó a volverme a unir a él cuando su enfermedad se desató. No he conocido a ningún enfermo, a nadie que sepa que tiene bastantes posibilidades de morir que reaccionara como él. Siempre al día, siempre en presente, con enfermedad y sin ella, con hijos, con nuestro primero y con Lucía, ese proyecto mío que él hizo suyo sin pasión, tras perder yo la posibilidad de quedarme embarazada de nuevo. Sin pasión, así actuaba siempre ese hombre apasionado al que le podía la palabra, era palabra más que nada y ¡cómo me enamoró su palabra cuando lo conocí! Esa palabra que siempre decía mucho pero que parecía anunciar tantas cosas que insinuaba. Como cuando me llamó pequeño ratón, la misma tarde que lo conocí, y me sentí halagada, como si apreciara esa belleza que no poseo ni poseía entonces, algo que él inventaba y que parecía regalármelo envuelto en un paño de ambigüedad que me homenajeaba. ¿Cómo lo hacía? Con la misma tranquilidad con la que llegaba a zaherirme, andando el tiempo, cuando ya vivíamos juntos y no me pasaba ni un detalle de los que no le agradaban, nunca con rigidez, siempre metiéndose conmigo como invitándome a que lo respondiera, a iniciar un diálogo que podía ser una discusión y que nunca era violento, aunque cuando alguien estaba presente en uno de nuestros enfrentamientos-diálogos, se notaba la violencia que le suponía escuchar nuestras ironías envenenadas con el conocimiento profundo del otro.
 
 
(Continuará)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Y MEDIO...

    Comenzaré sin más preámbulos diciendo que he vuelto a ver 8½ (Otto e mezzo), dirigida por Federico Fellini en 1963, y que puedo afirmar sin rubor que se ha quedado vieja.   Si el amable lector desea continuar leyendo descubrirá lo que contiene una afirmación como esa en estos tiempos y lugares que nos recorren sin horizonte, en una planicie confusa llena de montículos virtuales que no resultan atractivos para ser escalados.   La gran película de Fellini se ha quedado vieja como lo está, por poner un ejemplo señero, la obra de Caravaggio, con una presencia tan fulgurante y potente que el tiempo y el cambio transcurridos desde su creación, la de Caravaggio y la de Fellini, no permiten digerir como obras que afirman y transgreden sus propios momentos y convocan un clasicismo que no buscaron.   Hay obras, como las que estoy, precisamente, convocando aquí, que nos permiten afirmar que el progreso es solo una entelequia interesada, una falacia que pretende enfren...

MELANCOLÍA

Uno ha disfrutado y estudiado en imágenes las obras de la Antigua Grecia antes de verlas en directo, y esa es una experiencia que le reserva algunas sorpresas, entre ellas aparece la representación de sensaciones que no esperaba, unas más comprensibles que otras, y una de las más comprensibles e inesperadas es la representación de la melancolía en una faceta serena que sorprende y atrae mucho al contemplador que intenta vivir aquellas obras como si fueran algo suyo. Clasicismo, democracia, filosofía, convivencia, origen, ciencia, historia… son algunas de las palabras que con toda naturalidad se aparecen en la mente de quien recrea la Grecia Antigua, pero melancolía… No, no es lo que uno espera aplicar a aquella cultura desaparecida aunque muy viva hoy en los entresijos de los orígenes de nuestro estar en el mundo. Pero, claro, cuando se califica una civilización desaparecida se olvida fácilmente que, en ella, como en todas las civilizaciones y culturas, como en cualquier tiempo ...

CAMINO DEL FIN DEL MUNDO

Camino del desierto marroquí, desde Marrakech, uno espera encontrar cómo el paisaje se va volviendo más seco, más inhabitable, menos verde, más duro. Pero viajar consiste en asumir sorpresas constantes y, una vez más, ese camino no es lo que uno espera aunque sí algo que quizá hubiera deseado. La tremenda presencia de los cercanos montes del Atlas alimentan caudalosos ríos que dan vida a múltiples valles y poblaciones llenos de bullicio y actividad humana que, desde hace milenios, han convertido aquella región en un lugar que transforma la dureza en vida. El camino hacia lo que uno pensaba que sería la nada es un todo atractivo, único, pleno e inolvidable.