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PAPELES PÓSTUMOS DE "ROJO" (LXVII)


 

 

 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)



***

 

Y trajo a su hija y el recuerdo de su antigua mujer, la bailarina exótica. Yo casi estaba tentada de no creer su historia, pero la hija llevaba en sus rasgos orientales e hindúes eso que debió volver loco a Pavel en su juventud y que le hizo fabricar con su habitual desidia, que él presumía era capacidad de acción, a un ser que portaba una belleza casi incomprensible, una belleza que abarcaba buena parte de las razas del mundo, a una niña caprichosa a la que daban ganas de conceder todos sus caprichos cuando abría lentamente sus espesos párpados y te contemplaba con el azul acero de los ojos de su padre atemperado por una languidez que era seguro provenía de su madre. Lo único que no pudo concederme Pavel de todo lo que me dio, que no era mucho porque él estaba limitado por su propia seguridad de hombre que se creía activo en su indolencia, lo único fue haber conocido a la madre de su hija. Nunca vino desde Londres, donde de alguna forma poco clara (Pavel nunca supo o quiso aclarármelo) continuaba ejerciendo como bailarina y viviendo de su belleza exótica que siempre he imaginado mantenida por su nacimiento en Oriente, un Oriente tan difuso como la propia palabra expresa. ¿Balinesa? ¿Javanesa? ¿Hija de algún inglés perdidamente seducido por la segura belleza de su madre? Un hijo de militar colonial inglés que residía en alguno de aquellos países manteniendo algunas posesiones heredadas por él y un poco incierto en su pertenencia a Oriente o a Occidente, como todos los nacidos en una colonia y más los que vivieron su pérdida y transformación en países nuevos britanizados, que recuperaron su antigua esencia indefinida como pequeñas y antiguas monarquías obligadas a su pesar a ser modernas.
 
 
¿Pero de dónde saco toda esta literatura? Tú me la inspiras, Daniel, como me inspiraste tantas cosas desde que te conocí. Parezco enamorada y no es así, mis amores han sido otros, hombres contradictorios debido a su complejidad o a su simpleza, como Damián o como Pavel. Hombres que me han buscado, a mí, a esta pequeña mujer llena de una densidad antigua que me he negado siempre a sostener pero que he llevado conmigo a todas partes, que me ha convertido en madre a mi pesar y en madre que deseaba serlo. No sé qué me ha llevado a esta contradicción continua en la que vivo y que no me sienta mal. Como los vestidos de joven, ahora que soy vieja, o casi, me siguen sentando bien, no vestidos exagerados y provocativos, sino esos de colores suaves y variados con una forma que insinúa las líneas de la que lo lleva. Como esos vestidos que me han acompañado siempre desde que salí del pueblo para ir a la universidad cuando pocas mujeres lo hacían, al menos muy pocas que fueran hijas de un pequeño agricultor con ínfulas de mejorar y duros recuerdos de una guerra que se lo llevó lejos y le hizo comprender que el mundo pequeño, su mundo, podría mejorar si se empeñaba él solo, sin ayuda, sin contar con que nada ni nadie le favoreciera. Aunque a él le favoreció mamá, tan dulce, tan otra cosa que él, tan sojuzgada como yo nunca quise ser y como de alguna forma lo fui por Damián, una forma cubierta de libertad, pero con un núcleo de adaptación a él que solo podía provenir de mamá. Me ha costado mucho esta identificación con ella, quizá solo la he reconocido tras su muerte, tan cercana a la de papá. Sí, claro, la edad los destinaba a morir tan cerca en el tiempo uno y otro, el mismo año. No, eso es una tontería biológica, pero no quiero decir que murió por la tristeza de no tenerlo. No, no fue así, pero la muerte de él influyó en la de ella, lo sé. Estaba demasiado acostumbrada a hacerle caso y a no hacérselo. A hacerle caso porque era el hombre, según las costumbres ancestrales que yo suponía que no seguía pero que he comprendido después que se me imponían o me las imponía yo misma, o eso que se llama la cultura propia, ¿quién sabe por qué?, pero ahí estaba yo haciéndole caso porque sí, aunque también no se lo hacía por supervivencia y por racionalidad, esa de la que se supone no andamos sobradas las mujeres. Sin aparentarlo, claro, dando esas vueltas que han sido nuestra danza, la de las mujeres, durante siglos y que ha sustituido a la libertad de ser simplemente mujeres, la otra mitad del mundo, la otra porque así lo decidió la mitad muscularmente fuerte, la mitad que supo impregnar de su finalismo la vida toda, que supo mandar gracias a esos objetivos inventados por ella que nada tenían que ver con la permanencia de la vida, sino que estaban teñidos del tener, del poseer, del celebrar, y que yo he perpetuado a mi manera, o a una manera digerible para la vida “moderna”, con comillas, para esa vida en que yo era una igual que no quería serlo aunque me poseyera el deseo de alcanzarlo. Nunca he sido reivindicativa, pero he vivido la vida a mi manera, a la manera de una mujer como yo, esa que se quiso diferente y que fue tan igual en tantas cosas a su madre, no en las apariencias, no en el parecido físico con él, con su padre, pero sí en continuar la danza de las mujeres, la que nos ha permitido ser lo que somos aun obedeciendo. Lucía, que proviene de un ambiente que quizá pueda recordar a aquel en que yo fui educada, pero tan diferente, tanto, aunque modificado por lo que quisimos o quise legarle a ella. ¿Fui consciente de esa voluntad de legado? No sé, se me confunde mi deseo y mi realidad, mis actos y lo que deseé cuando elegí criarla con Damián. ¿Lo había elegido él? No sé lo que supe entonces. Sabía cosas que ahora no sé y ahora sé realidades que desconocía entonces.
 
 
(Continuará)

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