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PAPELES PÓSTUMOS DE ROJO (XII)


 

 

No he podido, o sabido, encontrar otra forma de hacer pública mi penúltima novela que publicarla por entregas aquí.

Eso voy a hacer en los próximos días, un fragmento por día, en paralelo a mi página de Facebook:

https://www.facebook.com/independiente.trashumante

Su título es:

PAPELES PÓSTUMOS DE “ROJO” (copyright Alfonso Blanco Martín)

 

 (Quien desee tenerla y leerla completa, no tiene más que escribirme a trasindependiente@gmail.com, o por “messenger” en Facebook, y por 10 euros (gastos de envío incluidos) se la imprimiré y se la enviaré dedicada por correo)

 

***

Aún me emociona pensar en ella, recordarla con su risueño rostro un poco ensombrecido por una avidez vital que no se cumplía en compañía de mi padre, al que quería, aunque le sirviera tan de freno como de disculpa por no haber realizado sueños que no supo soñar cuando joven, que supo soñar más tarde, cuando su situación ella misma creía que estaba trazada y las nubes que ella veía pasar sobre su vida no descargaban el agua que hubiera deseado, una humedad que, cuando él desapareció, ya no pudo mojarla pero que ella supo, en sus tristeza, atisbar de lejos y vivir los pocos años que le quedaron con una mirada que se alejó de la de la esposa sumisa, atemperada por la mirada de la madre que fue, la mirada a la que nunca quiso ni pudo renunciar, y no sé si con plena consciencia o con la pura práctica de la rutina y la repetición.

Era gacela unida a lagarto. La seguridad que eso le proporcionaba la convirtió en mujer feliz llena de infelicidad, sobre todo en los últimos años de mi padre, cuando ella intuía que su vejez sería en él como roca inamovible, cuando en ella sería sonrisa permanente olvidada de obligaciones, aunque algo torcida por el advenimiento de las arrugas y la decadencia de su alegría.

Me da vergüenza confesar que la echo de menos y siento la necesidad de hacerlo. Y además me doy cuenta de que la echo de menos en su madurez, cuando yo, más crecido que adulto, creía que yo mismo era alguien y no sabía qué hacer con el cariño que la tenía. Hoy ya sé lo que hacer y ahora no vale de nada. No puedo mirarla, tocarla, besarla y decirle las tonterías que tanto le gustaban algunas veces y que, otras, despreciaba con un gesto amargo en el que se intuía que ella pensaba o sentía que podría convertirme en alguien incapaz de crecer o, quizá, de amar con el amor que ella echaba de menos en mi padre y no conocía cómo sería en mí. Tres hombres hubo en su vida y yo fui, soy, uno de ellos, enlazado mágicamente con su padre, ese hombre al que siempre echaría de menos, aunque no lo considerara un héroe como a ella le gustaba sino el héroe que las desgraciadas circunstancias del final de su infancia hicieron de él, alguien a quien las consecuencias de la guerra no le dejaron trabajar y que permaneció en su casa, junto a mi abuela, recordando otros tiempos y no dando a entender la dureza que suponía vivir de lo que los trabajos de sus hijas aportaban a la casa.

Quizá mi madre no quería predecir mi vida unida a una mujer por evitarse un dolor absurdo y gratuito que sabría que yo, su niño, no podría curar, que tendría que deshacerme de ella de alguna forma indefinible para depositarme en esa otra feminidad por aparecer. Sus gestos ligeros, su alegría un poco infantil, no encontrarían en mí, creo que ella lo intuía, el adecuado recipiente en el que seguir desgastándose hasta alcanzar la vejez.

(Continuará)

 

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